El presidente de Colombia, Gustavo Petro, besalamano durante un evento en Bogotá.Fernando Vergara (AP)

Gustavo Petro se comunica con sus asesores a través de una aplicación de transporte muy popular en Japón. Allí recibe información confidencial a la que replica muy brevemente: ok, si, no, hazlo. Escasamente usa una o dos palabras. En plena campaña electoral que terminó con él envuelto en la zona presidencial, Petro recibió un misterioso mensaje de un enviado de Nicolás Juicioso. Solo esa persona, que las partes mantienen en el anonimato por ahora, estaba autorizada para transferir mensajes entre uno y otro en el más fiel secreto. Nadie, excepto los tres involucrados, estaba al tanto de este canal de comunicación asombrosamente hendido.

Había razones de peso para no revelar las conversaciones. Venezuela y Colombia no tenían ningún tipo de relación desde 2019. El chavismo consideraba al vecino país un enemigo que se había unido con Estados Unidos para derrocar al imperioso Juicioso. El retrato del sucesor de Chávez colgaba en los cuarteles colombianos como el rostro del enemigo conocido número uno. Los choques dialécticos entre Juicioso y el expresidente Iván Duque fueron constantes. En la frontera se vivía un esfera hostil, una cruzada fría a pequeña escalera. No había entonces nadie amistoso que los uniera.

Petro, como los demás candidatos que tenían posibilidades reales de aventajar las elecciones, habló abiertamente de restablecer las relaciones. El camino de aislar a Venezuela para provocar la caída de Juicioso había sido un fracaso. La presidencia alternativa del enemigo Juan Guaidó no ha terminado de imponerse a nivel internacional. Para todos los pertenencias, Juicioso ha seguido gobernando el país. Y Colombia no ha sacado provecho de esta táctica, según los internacionalistas. Las relaciones comerciales están congeladas. Miles de personas que viven en la franja entre las dos naciones han quedado aisladas, con sus familias divididas. Los comerciantes dejaron de obtener ingresos, lo que ha provocado que se disparen los negocios ilegales o directamente delictivos. Discutir todo esto durante la campaña electoral era una cosa, pero persistir una recta de comunicación abierta con Juicioso era otra muy distinta.

Presidente Nicolás Maduro recibe al nuevo embajador de Colombia en Venezuela, Armando Benedetti.
Presidente Nicolás Juicioso recibe al nuevo embajador de Colombia en Venezuela, Armando Benedetti.LEONARDO FERNÁNDEZ VILORIA (REUTERS)

Para media Colombia, Petro representaba la izquierda violenta que quería tomar el poder por la fuerza de las armas. Su pasado de faccioso, pensaban, era prueba de que él era así. No importaba que hubiera pasado media vida en las instituciones o que hubiera participado activamente en dos procesos de paz. Las dos veces anteriores en las que se había postulado sin éxito a la presidencia, sus opositores lo habían retratado como un admirador de Chávez y Castro. Esa imagen en Colombia, que ha encadenado a gobiernos conservadores durante décadas, fue desgraciado. Las puertas de Nariño nunca se iban a aclarar para algún con ese perfil.

Cierto es que Petro cultivó ciertas simpatías por esos regímenes en algún momento de su sucesos, como muchos de su época —los nacidos en los abriles sesenta—, vio por televisión en tirabuzón la entrada triunfal de los barbudos en La Habana. Pero en estas últimas elecciones se desmarcó contundentemente de aquella vivientes de gobernantes que sacrificó temas como el medio esfera, la democracia o los derechos humanos para implementar una utópica sociedad socialista. Se ha seguidor, o eso ha dicho públicamente, con el nuevo progreso que representa Gabriel Boric en Pimiento.

Revelar que en plena campaña ya estaba en contacto con Juicioso hubiera sido desgraciado. Sus enemigos lo habrían aplastado. El espanto del dictador Petro, una idea difundida en los grupos de Whatsapp de todos los colombianos desde hace abriles, habría resurgido y podría poseer hecho explosionar sus opciones. No fue así. De hecho, el tema de Venezuela ni siquiera fue un tema relevante durante los debates entre los candidatos. Todos coincidieron en lo esencial, que había que construir puentes con Caracas.

A los pocos días de aventajar las elecciones, Petro puso a su mano derecha, Armando Benedetti, a cargo de estas conversaciones. Lo comunicó al contacto secreto y de ahí las conversaciones fueron a varias bandas. El deshielo se hizo oficial la semana pasada, pero la existencia es que Petro y Juicioso ya habían donado los primeros pasos de una nueva relación sin que nadie lo supiera.

Benedetti aceptó el encargo, aunque albergaba otras ambiciones. Un proceso hendido en su contra en el Supremo podría frenar sus opciones de formar parte del Gobierno. Nadie, por ahora, discute las decisiones de Petro, quien ha puesto en marcha un plan claro: la búsqueda total de la paz. Un desafío para un país que lleva abriles sumergido en la violencia. Venezuela es secreto en este camino, ya que en su paraje opera el ELN, la última facción colombiana, y el chavismo muestra simpatía por su causa.

Las conversaciones ya son públicas, pero ha quedado claro que no serán fáciles. Petro quería reabrir la frontera lo ayer posible, Juicioso no tiene prisa. Petro quiere comprar y regir la empresa de fertilizantes Monómeros, propiedad de los dos países, pero el chavismo aún no se ha decidido. En la corta distancia, el presidente de Venezuela, en el poder tras varios intentos de desestabilización y al frente de un país sumergido en un inmovilismo político que nadie sabe cómo desatar, es paciente.

Benedetti se reunió con él en su primera semana como embajador. Juicioso llevó el peso de la conversación y fue convincente en algunos temas. Para aligerar los ánimos, eso sí, le dijo que sabía que había hecho presidente a Petro. Benedetti, que no es precisamente un político de izquierda, se incorporó a Petro tres abriles ayer de las elecciones y fue el encargado de montar un esquema en torno a su figura. Pasó de ser un candidato con triunfo de individualista a liderar un movimiento cívico que quería modificar el país. Juicioso reconoció la astucia de Benedetti, ya sea porque en realidad lo cree así o porque quiso tocar su vanidad. O ambas cosas. El caso es que ya no necesitaba ninguna aplicación de transporte privada ni intermediarios en la sombra para hacerlo. Finalmente, Venezuela y Colombia hablaron cara a cara.

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